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miércoles, 02 abril 2008
La melancólica muerte de Chico Ostra
Jarvis Cocker no tuvo que matar a Pulp para salvarse como artista. Jarvis lo tuvo todo en su paso por Chile: composición, accesibilidad, experiencia, clandestinidad, actitud, polución, indolencia, melancolía y, sobretodo, una decena de canciones para parar el tiempo. Odio la redefinición, especialmente cuando estas frente a grandes canciones. Una comedia con pinchos, ironía y composición: el gran teatro del mundo, filtrado en canciones con olor a Sheffield desbocado.
En 1997 Tim Burton escribió “La melancólica muerte de Chico Ostra”. La obra es una muestra de esos "personajes monstruos" o "personajes fantásticos", “fascinantes y fascinados”, aunque también “enloquecidos o perturbados”, por su propia condición y las insospechadas posibilidades que de ellas se desprenden. Tal vez, el único punto de inflexión con la obra, es que también son los personajes con los que otro “chico insólito”, de padres y clase obrera, de gafas gruesas, y apellido Cocker, se entretiene y saca a pasear en un tragicómico escenario de historias, letras y canciones sin fecha de caducidad.
Jarvis Cocker, compositor de una voz tensa y vulnerable, “anti rock star convencido”, francotirador, músico ecléctico, letrista agudo, a menudo críptico y romántico. Su primer álbum solista, Jarvis (2006), es un disco sobre la supervivencia. Charles Darwin explicó, que antes las vicisitudes de la vida, si no mueres cambias. Sus composiciones describen esas intimidades envueltas en trajes hechos a mano, de un autor a tiempo completo. Impresas en el arte del CD, recuerdo algunas de sus recomendaciones: “¡Advertencia! Jarvis no debe ser usado como sedante o música de fondo para ejercicios”; “Puedes sentarte si lo deseas: arrodillarte no es verdaderamente necesario”; “Jarvis puede masticarse en pequeños bocados según la conveniencia de cada oyente pero probablemente funciona mejor si se lo traga entero”; “No ajusten los controles de su equipo de sonido, se supone que suene así. No es LoFi o IFI. Es MiFi y, si hay suerte, también TuFi”; “Una canción no es realmente una canción hasta que alguien la escucha. Así que gracias por escuchar”.
Jarvis Cocker nació en Sheffield, y el hecho de vivir en el extranjero y ser padre, ha influido en el cambio de su personalidad musical. Hoy puso ancla en esas cosas a las que hay que aferrarse. La mudanza le permitió huir de la fama. Lleva 5 años viviendo una vida normal en Francia, podría haberse vuelto más chic, pero no fue así. No sé trata de prendas fuera de estación, ni de imaginarse cuántos Euros lleva puesto en los zapatos. Se casó con la estilista francesa Camilla Bidault-Waddington. Se mudó al barrio parisino del Marais, pasea tranquilamente por La Rue du Roi de Sicile, degustando snacks gratis en el Café Le Pick – Clops, de París. "En casa se habla inglés. Compro The Guardian acá, y leo más los diarios ahora que cuando vivía en Inglaterra". Añade, "cuando me trasladé a Francia pensé: tal vez debería retirarme de la música. Vine a vivir aquí y estaba solo, sin un grupo. Y nunca había pensado en hacer un disco solista porque hacerlo podía ser... autocomplaciente. Después me di cuenta de que no podía retirarme porque, en realidad, no paraba de escribir canciones", completó el artista británico para el diario El Clarín.
Uno puede imaginárselo leyendo o escuchando música o mirando una película con su hijo Albert, de cinco años. Este nació una semana antes de que las tropas americanas entrasen en Irak. Varias de sus nuevas canciones están afectadas por esa sensación de incertidumbre global. Es el sonido de alguien que superó su particular crisis de identidad y ahora afronta miedos más intangibles. Es el sonido de un padre que teme el futuro que le espera a su hijo en este mundo. Hoy sus canciones podrían intercambiarse sin problemas entre las anteriores placas, la aplastante coherencia acaba unificando su significado.
Su puesta en escena en el Teatro Caupolican, combinó la elegancia insular propia de Bowie o Ferry. A pleno rendimiento, tierno y oscuro, lírico y seco, inexpugnable y cercano. Se enfundó en un traje color marengo, y en esas inmensas gafas de culo de botella que rehúyen a su propia sombra. Jarvis Cocker ha acabado siendo Jarvis, más por accidente que decisión propia. Hizo gala de su total falta de divismo, al entablar contacto directo con los fanáticos que sé encontraban frente al escenario, a quienes hasta les dejó tocarle compulsivamente. Hasta dulces volaron por los aires, procedentes de sus bolsillos. Sus extraordinarios dotes de comediante, lo posicionaron más cercano que demagógico, frente una asistencia entregada. Pese al sonido y a una producción desvencijada, (le sumamos los problemas de iluminación evidentes, groupies dentro y fuera del escenario o camarín, y a la calma de los roadies, fruto de un presupuesto irrisorio del promotor nacional), fuimos testigos directos de la subliminación del pop, cercano a la perfección total.
Su show lo sigo disfrutando a diario –como si fuera ayer-, y me encantaría que el resto de los 4000 asistentes de esa noche del 15 de Marzo le sucediese lo mismo; me sigo sacando el sombrero ante un pop tan puro sin estribillos. Sonó romántico, adulto, y reflexivo. Crudo y amargo por momentos; desolador por instantes. Corrió y asaltó y se contoneó con soltura olímpica. Humano, visceral y descontrolado -como una marioneta desbocada-, abusó de los desmoronamientos en el escenario, coqueteó con la bandera chilena, verdadero regalo para sus fans. A cada canción le sucedió un pequeño discurso, ensayando chilenismos ("pintar el mono", "cachai", "chao pescao",“boca chueca”, “bacán”, “que choro”, “échate al pollo”, etc ). Mientras tanto, su público se acumuló contra el escenario y extendió sus manos con cámaras y móviles digitales. El británico entró en el juego, posó, actuó, y se dejó tocar.
La banda que instaló Jarvis en Santiago fue comandada por el músico Martin Craft. Un lujo fue la reservada presencia del bajista de Pulp, Steve McKeys. Su mayor hándicap fue prescindir de su mano derecha, Richard Hawley, y así y todo, el combo que lo acompañó sobre el escenario fue todo un lujo. El show partió con Fat Children, para luego seguir con Don’t Let Him Waste Your Time. En Heavy Weather y One Man Show, Cocker tomó la guitarra y dio muestra de su calidad interpretativa, excavando en la tradición para coser canciones que significan algo para él y el oyente, así como en I Will Kill Again, (construí un castillo / compra un par de discos / mira mujeres desnudas de ves en cuando / toma media botella de vino). Sin duda, el punto más alto de la noche, llegó con Black Magic, himno épico “par excellence”, en una versión más larga, de tiempo frágiles y certeros y que terminó con toda la banda generando un trance que hicieron a Jarvis arrancarse la chaqueta y su corbata.
Al cierre, no hubo éxitos de su antigua banda, ni canciones para corear. Salió del escenario, y volvió por el bis con una cerveza y un cigarro que le regaló alguien del público. Y un broche de oro en su garganta: Starman, de Bowie: (There's a starman waiting in the sky / He'd like to come and meet us / But he thinks he'd blow our minds / There's a starman waiting in the sky / He's told us not to blow it / Cause he knows it's all worthwhile / He told me: Let the children lose it / Let the / children use it / Let all the children boogie). A esa altura todos teníamos un nudo en la garganta. Fue realmente emocionante comprobar como un artista lo entrega todo, capacidad vocal extraordinaria, técnica perfecta, elegancia y sensibilidad, aciertos al versionar, un set list donde no cabe la mediocridad, intachable honestidad escénica. Pura poesía social, humor irreductible, acelerando más que nunca en una carrera contra la comodidad y el olvido. Catártico.
Foto 1: Jorge Matta
Foto 2: Cristian Soto
Foto 3: I´m So Crazy
Foto 4: Cristian Soto
Foto 5: Ganja Subsystem aka Sonido Casero
Foto 6: Penélope Zuñiga
Foto 7: Nii Kol
Foto 8: Paola Manfredi
23:40 Anotado en MÚSICA | Permalink | Comentarios (5) | Email esto