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lunes, 14 marzo 2005

Lisa tiene un amor de ultra mar

La persona que mejor me conoce es mi oso de peluche. Me quedé con él, o más bien, el se quedó conmigo. Con él empecé a valorar el tiempo muerto de la ciudad, a ganar espacio para verlo correr suelto por la calle, a madrugar por el parque para que pudiera encomendar su humilde ofrenda en el pasto.

Cuando vives con una mascota de peluche te acostumbras a hablarle todo el rato. Mejor dicho, a trasmitirle con subtítulos y muecas como se fue el día. Le cuentas lo que haces, lo que pretendes, lo que quieres, y lo que piensas en voz baja. Y al rato te das cuenta de que sigues con el monologo en primera persona, entonces sientes de que te has convertido en uno de esos personajes que rellena de palabras los espacios en blanco de la habitación.

Cuando trabajo en casa mi oso se acuesta y me mira fijamente. En cuanto me concentro, él me contempla inmutablemente a medio metro de distancia. Y en realidad es culpa mía. Mi oso no está acostumbrado a verme de noche, ni menos trabajando en casa, así que tiene que alertarme para que no explote. Cuando lo miro sé que me entiende, probablemente, porque es más ordenado que yo; come siempre del mismo plato, bebe siempre del mismo lugar, y folla siempre con el mismo cojín. No sé dónde habrá aprendido tanta organización.

La verdad es que no tengo muy claro porque existe entre ambos tanta tolerancia. Tampoco sé como he podido reemplazar los besos y los abrazos por sus lamidos gestos de paciencia.
Antes creía que lo mío era mezcla de timidez y soledad, pero cada vez estoy más convencido de que es una parte de mi vida que yo no controlo. Tal vez, porque no soy el único protagonista de esta historia, he pasado de interpretar mi vida a tener un papel secundario.
Nací actor de reparto, y aunque salgo en casi todas las escenas, no siempre tengo frases inteligentes, y sobre todo, porque el peso del guión ahora lo lleva Lisa, mi parietal de peluche.

Ilustraciones ::: Lukechueh

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