lunes, 14 marzo 2005
Eso que pasa después de los 29

Viví en un tiempo de triunfos morales, con Martín Vargas, Carlos Caszely y Cepillin como actores principales. Soñé con ser algún día el Mago de la Polla Gol, apostando a campeonatos de fútbol con banderines de madera, jugadores con bigote y ponchera, celebrando los goles de Sandrino Castec, y las habilitaciones por la espalda del Pato Yánez.
De pequeño me apropié de canciones y dedicatorias en español, de pirateos con doble casetera y carátulas a un color. Fui parte de un soundtrack a casete, con postales sonoras de Aparato Raro, Soda Stereo, Electrodomésticos, Viena, y Sumo. Tiempos de apagones, y veredas con esperma, de La Operación Daisy y homenajes en el patio de la escuela. Fui uno de los tantos alumnos que aprobó con MB, de matriculas de 45 alumnos por sala, de pizarras a tiza y almohadones de huaipe, de estuches con imán, de cuadernos con forro plástico y hojas color roneo, de lápices a mina y goma de borrar con olor a sandia, de corbatín azul, cotona color cartón, y el apellido bordado a un costado.
De pequeño viví mi infancia en Rayenco, un pueblo mecano en la pre-cordillera de Los Ángeles. Yo tuve mis propios 15 minutos de felicidad. Si lo pudiera dibujar con palabras sería como estar en el history board de una película de Tim Burton.
Rayenco era la capital de Omo, y las lavadoras Fensa de tambor redondo. Si hay algo que no puedo dejar de olvidar era que todos en el pueblo se las ingeniaban para oler bien; el olor del entorno, del rocío de las mañanas, sus plantas, los árboles, los maquis, las nalcas, los avellanos, y mis compañeras de curso del tercero básico B.
Todavía dan vuelta por mi cabeza sus cabelleras largas, morenas, rubias, y trigueñas. Vestían con esos clásicos delantales a cuadros celestes, con sus nombres bordados a un costado, zapatillas North Stars, chalecos escoceses y pantalones de cotele azul. Era raro verlas fuera del colegio. Sólo estábamos al tanto de la existencia de sus diarios de vida, perfumados a guinda fresca. Una generación de chicas con frenillos, tan dulces como la leche con frutilla.
Fuimos una generación que no corrió a ninguna parte, la que llegó detrás del Retail, Internet y los TLC. Una generación que vivió de almacenes de casa, que vistió ropa amasada, que tragó chicles Miti-Miti, chupetes Pop Soda, y masticables en polvo Peta Zeta.
Es como si el tiempo no hubiera pasado, como si nunca hubiera salido a ningún lugar. Algunos hablan de que las historias bonitas hacen este mundo otro, mucho más atractivo. Sin embargo, me gustaría soñar con esa generación lisiada, que conquista el planeta Marte y desde allí, desde el espacio, envía consejos domésticos sobre como mirar hacia los ojos, de frente, al cielo y las estrellas.
Ya no quiero ser mayor,
no quiero ser mayor,
No quiero ser un hombre domesticado.
Ya no quiero ser mayor,
No quiero ser mayor,
Prefiero ser un niño enamorado.
Yo quería ser mayor-Roque Narvaja
22:15 Anotado en COLUMNAS | Permalink | Comentarios (1) | Email esto
Comentarios
de ahí. de ahí la nalca. se entiende luego del '81; del rocío de las mañanas, sus plantas, los árboles, los maquis, las nalcas, los avellanos...y las compañeritas que, si bien no son las mismas, acoplo al recuerdo de haber comprobado lo bien que olían, al menos las mismas que en kinder compartían mi mesa redonda, sus entrepiernas. deben haber sido las primeras catas de la vida, curiosas, corpóreas, con la indómita -pero inocente- curiosidad de un niño obsesionado con los sentidos. ¿habrá, ahora a los 29, algo de postre?
Anotado por: daniel greve | martes, 15 marzo 2005
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